Música de Zanzíbar: http://www.youtube.com/watch?v=UoLLrhs_dYU
Zanzíbar (del persa zangi-bar: “costa de los negros”) es en realidad un archipiélago formado por tres islas grandes, Unguja en el centro (a la que se llama erróneamente Zanzíbar y donde está la capital), Pemba al norte y Mafia al sur (que no pertenece políticamente a Zanzíbar), además de otras islas más pequeñas, islotes y arrecifes coralinos. Está situado en el Océano Indíco, en el África Oriental, frente a las costas de Tanzania continental. El centro económico y la capital es Zanzíbar City, cuya parte antigua, Stone Town (Ciudad de Piedra), ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000 por ser una de las ciudades más importantes de la cultura swajili. Desde 1964, Zanzíbar, forma parte de la República Unida de Tanzania, después de su unión con el estado de Tanganika, aunque conserva una gran autonomía y tiene su propio presidente para los asuntos internos. Es mayoritariamente de religión musulmana (99 %). Por allí han pasado persas, portugueses buscando especias, árabes de Omán que controlaron el tráfico de esclavos durante dos siglos, e ingleses, que por fin lo abolieron. Sólo ha sido totalmente independiente como estado en un corto período de tiempo, entre 1963 y 1964. La moneda oficial es el chelín tanzano (1 euro equivale a 1.500 chelines). Es mejor llevar dólares, ya que en muchos sitios equiparan el cambio del euro con el dólar.
Jueves, 11 de agosto: Mweka Camp – Mweka Gate – Aeropuerto de Arusha – Aeropuerto de Zanzíbar y traslado a Nungwi (norte de Unguja).- El mismo día que termina el trekking del Kilimanjaro, todavía con barro en los pantalones y botas, nos llevan al aeropuerto de Arusha y nos entregan las maletas que habían estado guardadas en la agencia. Nos encontramos una agradable sorpresa, ¡por fin ha aparecido la maleta de Irene! Más vale tarde que nunca. Se ha visto obligada por su extravío a alquilar las ropas para subir al “Kili”. Ahora, mientras los demás nos afanamos en meter a toda prisa la ropa sucia del petate en la maleta, ella nos mira divertida sin tener que abrir la suya y con toda la ropa limpia y sin usar. Un pequeño desquite del mal trago pasado.
El vuelo discurre sin novedad en un avión grande, pero de hélice y, cuando sobrevolamos la capital, vemos que la mayoría de las casas son bajas y con el tejado de chapa. Ya comprobamos que aquello no va a ser precisamente Las Vegas. El aeropuerto es pequeño y cutre, y allí nos espera un empleado de la agencia que habla castellano. Sin más demora nos trasladamos Nungwi, en el extremo norte de la isla, donde estaremos alojados un par de días.
Aunque dicen que el nivel de vida es más alto que en el continente, lo que vemos es más de lo mismo, mucha miseria y pobreza. La bacheada carretera es el “río de la vida”, en cuyos márgenes se concentran los poblados y la gente que va de un lado a otro, incluso de noche y sin luz. Cuando oscurece llegamos a Nungwi, ¿¡aquello es un pueblo!? Por una laberíntica red de callejas sin asfaltar llenas de baches y charcos embarrados, entre miserables casuchas sin apenas iluminación, sin solución de continuidad atravesamos una valla (cuya puerta está vigilada) y ya estamos en la zona turística en la misma playa. Lujo y miseria a un metro de distancia, como las dos caras de una misma moneda. Todavía impresionados, por lo menos yo, nos reciben en nuestro alojamiento, que no es ni con mucho de los más lujosos de la zona. Daniel no pierde el tiempo duchándose con el hilillo de agua que cae de la ducha (¡con las ganas que teníamos de hacerlo después de seis días de trekking!) y se va directamente al mar.
La playa sí que es de película. El agua está a 23ºC, y eso que estamos en el mes más frío del año en Zanzíbar. Daniel, también, aprovecha para recabar información sobre las actividades que se pueden hacer en la zona preguntando a uno de los vigilantes de la playa, que no es precisamente un socorrista, más bien una especie de policía para turistas, frecuentes por toda la zona de hoteles, tanto de día como de noche.
Dado lo tarde que es nos vamos a cenar al restaurante del hotel y salimos del paso, ya que la cena es regular, tanto en cantidad como en calidad, pero lo celebramos de igual manera. En Zanzíbar sólo tenemos pagado el alojamiento y el desayuno, el resto de comidas y visitas correrán por nuestra cuenta.
Viernes, 12 de agosto: playas de Nungwi y visita guiada a Stone Town (un mundo de fuertes contrastes).- Rafael se levanta temprano y yo también. Lo veo en la playa y le propongo dar un paseo hacie el Este, la salida del Sol está siendo espectacular y yo llevo la cámara dispuesto a sacar algunas bellas imágenes de las playas de Zanzíbar para enseñar en casa. A fin de cuentas hemos venido hasta aquí para poder ver lo que tanto anuncian las revistas de viajes.
La temperatura es agradable, la arena de la playa es blanquísima y los pescadores de la vecina aldea se afanan en sus tareas junto a sus aparentemente frágiles barquitos. El dhow es el barco típico de la zona, su vela triangular revolucionó la navegación en su tiempo, ya que aprovecha el viento sea cual sea su dirección, sin necesidad de usar los remos.
Las mujeres marisquean o recolectan algas aprovechando que está la marea baja.
Algunos turistas pasean, recogen conchas, hacen yoga o ejercicio en la playa. Otros fotografían a sus parejas en la terraza de sus bungalows para engrosar el album de fotos de momentos “mágicos”.
Algunos hoteles son de auténtico lujo, con unas instalaciones y piscinas espectaculares. Los guardias están atentos a cualquier intento de intrusión.
Sobrepasamos un faro y un melecón, la costa empieza a bajar, volvemos. En cualquier punto hay una imagen digna de fotografiar. Las escenas más corrientes y simples tienen una gran plasticidad y auntenticidad: marineros que descargan sacos de un barco como hace siglos, otros que navegan en minúsculas canoas. 
Hay mujeres que lavan ropa en el mar o niñas que friegan cacharros con arena…
Después de disfrutar de este agradable paseo nos vamos a desayunar, que aquí en los restaurantes también funciona el “pole, pole”. A las diez viene un guía de la agencia para ofrecernos visitas turísticas. Contratamos para hoy la visita a Stone Town, luego nos vamos hacia el otro lado de la playa (oeste), para concertar una excursión para el día siguiente con snorkel en el islote de Memba.
A las doce nos recogen para irnos a Stone Town, hay hora y media de camino, le hemos dicho al guía que nos lleve a comer antes de la visita. La carretera es un bullicio de gente y de dala dala, los típicos vehículos que van recogiendo y soltando personas y mercancias.
En Stone Town (Ciudad de Piedra y capital del antiguo Sultanato de Zanzíbar), el guía, José, uno de los pocos cristianos de Zanzíbar, nos lleva a comer a un lujoso hotel, The Africa House, que era en la época del protectorado británico un club inglés.
Sólo vamos seis, Daniel ha contratado para hoy un día de buceo; Julita, Eva y Arnau irán más tarde por su cuenta en un taxi.
Comemos en la terraza, la comida está buena pero la cantidad no es muy abundante, las vistas lo compensan de sobra.
También la cerveza entra de lujo, la mayoría de las botellas tienen una capacidad de 500 cl.
Después de la comida, José empieza la visita por la caótica y laberíntica Stone Town. Como estamos en Ramadán, nos dice que procuremos no beber ni comer por la calle, y que las mujeres no vayan muy descubiertas. Hacemos el típico recorrido por las famosas puertas labradas y palacios (la mayoría hoteles). Los artesanos que las realizaban eran todos de origen hindú. Empezamos por la puerta del palacio del siniestro esclavista y traficante de marfil Tippu Tipp, aunque era mulato odiaba a los nativos, su cercana tumba es hoy un vertedero.
Muchos de los propietarios de estas casas fueron traficantes de esclavos, lo que se nota por la cadena labrada en la puerta. Esta historia nos la va explicando el guía, así como otros elementos de las puertas que nos dan pistas del origen y actividad del dueño.
Pero el verdadero espectáculo está en las calles. Un hervidero humano deambula por las maltrechas callejas intentando ganarse la vida cada uno como puede: vendiendo artesanía, trabajando en destartalados talleres que más parecen chatarrerías, o en precarios puestos callejeros de dudosa higiene. 
Las mujeres son muy elegantes, muchas llevan el rostro tapado e incluso se ven algunas con burkas.
Y hay muchos niños, el guía nos cuenta que tener muchos hijos se considera una bendición, hay quien tiene 20 y ni siquiera llega a saber los nombres de todos.
Una niña juega con unos recortes de tela y los restos de una bolsa de patatas, la imaginación es mejor que el más caro de los juguetes.
Visitamos la Casa de los Esclavos, allí se conservan unos subterráneos minúsculos donde eran hacinados los esclavos que habían llegado vivos a la isla después de una horrible travesía por tierra y mar desde el África Central. Dos días permanecían sin comer ni beber hacinados sin apenas ventilación. Los hijos eran arrancados de sus madres, pero se las mantenía en el engaño de que seguían vivos para que no perdiran las ganas de vivir.
Los esclavos que sobrevivían se llevaban a una plaza, allí los ataban a un árbol y eran azotados a gusto del comprador. De 10 esclavos podían morir 6, pero el comprador pagaba por los 10; se pretendía que sólo quedaran los más fuertes, la carne humana era barata entonces. Todo esto duró hasta finales del siglo XIX. Terrible.
Impresiona el Monumento a los Esclavos, obra de una escultora sueca que ha logrado imprimirle un gran dramatismo en los rostros. La cadena que llevan es la original.
Entramos en la iglesia anglicana construida encima de la plaza donde eran azotodos los esclavos. La pila bautismal está encima del lugar donde eran sacrificados los niños. Una cruz, construida con la madera del árbol junto al que murió Livingstone, recuerda al gran explorador y misionero escocés que tanto luchó por la abolición del comercio de esclavos.
Desde aquí nos vamos al mercado central de Stone Town, otro de los platos fuerte de la visita. Pasamos por uno de los dos únicos semáforos que hay en la ciudad (sólo uno funciona).
El que haya estado en Marruecos se puede hacer una idea. Empezamos por los puestos de pescado, los que están fuera son atendidos por mujeres principalmente.
En el interior son hombres los que ocupan sus humildes cubículos. El pescado tiene que ser fresco, porque allí no se ve ninguna cámara frigorífica.
En un apartado hay una pequeña lonja donde se subastan lotes de pescado con la animación correspondiente.
Los puestos de carne son similares a los del pescado, la higiene es mínima.
La parte de las frutas y especias es un mundo de fuertes colores y olores. Uno de los cultivos de la isla son precisamente las especias.
Por un estrecho callejón nos vamos a la parte de los pollos, por allí los gatos se pasean entre los puestos sin que nadie parezca preocuparse.
José nos ha dicho que en el mercado no ningún problema para sacar fotos pero, al parecer, no todo el mundo opina lo mismo.
Dejamos el mercado y seguimos paseando. Hacemos una parada en una oficina de cambio y en una tienda de tejidos para comprar camisetas y pareos. La figura de Obama goza de gran predicamento por lo que se ve, ya que el padre del Presidente de Estados Unidos era de Kenia.
No parece que el fallecido artista y nacido en Zanzíbar, Freddy Mercury (Farrokh Bulsara), goce aquí de tanta popularidad, ya que era de origen parsi (persas que huyeron a la India en el siglo VII perseguidos por practicar la religión de Zoroastro) y fue criado en la India. Otro parsi famoso es el director de orquesta Zubin Mehta.
Pasamos junto al antiguo palacio del sultán. Fue destruido en la que se considera la guerra más corta de la historia. En 1896, bastaron 45 minutos de bombardeo de cuatro barcos ingleses contra el palacio, para que el sultán Khalid ibn Barghash, que había dado un golpe de estado dos días antes y era poco amigo de los británicos, se rindiera y saliera huyendo. Los británicos instalaron en el poder a Hamud ibn Mohamned, mucho más dócil a sus intereses. En 1964, poco después de la indenpendencia, fue despuesto el último sultán por la revuelta de los partidos africanistas, frustrados porque, a pesar de haber obtenido el 54 % de los votos en las elecciones, el poder seguía acaparado por la minoría árabe. Varios miles de árabes y surasiáticos fueron muertos en la revolución, otros huyeron y sus propiedades confiscadas, y muchos occidentales fueron evacuados. Abeid Karume se convirtió en presidente y negoció la unión con Tanganika, eludiendo así el peligro de un golpe comunista.
Lo último que visitamos fue la llamada Casa de las Maravillas, mandada construir en 1883 por el sultán como palacio de ceremonias y símbolo de modernidad. Lo de maravillas viene porque fue el primer edificio del África Oriental con contar con luz eléctrica y ascensor. Hoy es un destartalado museo pobremente iluminado, pero que tiene bellas vistas sobre el Fuerte Árabe y el mar.
La visita terminó y nos despedimos de José. El tiempo de ayuno había tocado a su fin y la calle era hervidero de gente comiendo o comprando comida en los puestos callejeros. Esa noche cenamos un un chiringuito playero (sin luz eléctica ni agua corriente) donde batimos el récord de espera, dos horas largas.
Sábado, 13 de agosto: Navegación en dhow para hacer snorkel en la isla de Memba y puesta de sol.- Tras el desayuno nos vamos al Centro de Buceo y cogemos las gafas y aletas. Luego nos subimos a un dhow que nos llevará a la pequeña isla de Memba donde podremos practicar el snorkel. Después del buceo comeremos en la playa y volveremos para la puesta de sol.
Hoy vamos otra vez el grupo al completo. Por un increible mar turquesa, donde vemos gente buceando, vamos costeando en dirección a Memba. Julita se queda frita en cubierta mientras la pequeña isla se divisa en el horizonte.
Antes de llegar a Memba, donde no se puede desembarcar por estar protegida, nos acercamos a la costa, dos de los tres marineros que componen la tripulación se bajan del barco para preparar la comida. Luego seguimos hasta nuestro destino.
Cuando llegamos vemos otros barcos cuyos excursionistas ya están en el agua practicando el snorkel, nosotros nos ponemos las gafas y hacemos lo mismo.
Por debajo de la superficie pululan toda clase de peces de vistoso colorido, muchos se acercan al mismo barco a mordisquear las algas que están adheridas al casco. Una pena no haber llevado cámara submarina.
En Internet he econtrado una imagen de la zona muy parecida a lo que nosotros veíamos allí abajo.
Después del snorkel (algunos disfrutaron de lo lindo por ser su primera vez) nos fuimos a comer adonde tenían preparado el almuerzo. Había fruta, arroz, verduras, pescado asado, refrescos…, la cerveza la pusimos nosotros.
Después de la comida, mientras los demás barcos ya se iban, nostros nos pegamos una buena siesta playera o nos bañamos en el mar.
Y con una tranquila navegación a vela hicimos el camino de vuelta, por suerte nadie se mareó.
Llegamos justo a tiempo para la puesta de sol, que fue todo un espectáculo, como lo había sido el amanecer del día anterior.
Y se acabó lo que se daba. Esa noche hubo cena de despedida en un restaurante playero, allí comimos, entre otras cosas, langosta a la brasa. A las doce no recogieron para ir al aeropuerto. Vuelo a Addis Abeba, de allí a Franfurt y luego a Madrid, donde pasamos la noche del 14 de agosto después de todo un día de viaje.
El 15 de agosto AVE a Sevilla y, por fin, en casita. ¡Qué cansado es esto de viajar tan lejos!
































































espectacular me encanta todo esto, muy buenas fotos imagenes perfectas tengo muchas de ellas pero estas me gustan mucho….
Gracias, Enrico, la verdad es que las fotos salen casi solas, cuando hay buena materia prima…