Fin de semana intenso el que tuvimos el 2 y 3 de abril con el grupo de compañeros y amigos que salimos una vez al mes. Normalmente vamos sólo un día, preferentemente el sábado, pero de vez en cuando nos embarcamos en una de fin de semana, como en este caso.
AROCHE.- El sábado quedamos a las nueve en Arroyo de la Plata para desayunar, después seguimos por Aracena hasta Aroche, donde teníamos concertada una vista con una guía de turismo. Después de aparcar lo primero que hicimos fue dirigirnos al Museo Arqueológico, donde nos esperaba la guía.
El Museo Arqueológico está instalado en parte de la antigua Cilla y convento de San Jerónimo. No es muy grande, pero contiene una valiosa colección de restos romanos encontrados en la ciudad romana de Turóbriga, muy cerca del casco urbano de Aroche, en los Llanos de la Belleza, junto a la ermita de San Mamés, zona regada por el río Chanza.
Visto el museo nos vamos al restaurado castillo almorávide que preside el casco urbano. Es el Castillo de las Armas, construido por los musulmanes, puede que sobre alguna defensa romana, fue conquistado por los portugueses en 1236 siendo sometido a una remodelación, luego, Sancho IV lo reconstruyó casi en su totalidad cuando pasó a manos castellanas y pasó a formar a formar parte de la línea de defensa conocida como Banda Gallega.
Accedimos por la recuperada Puerta de la Reina, que se encotraba tapiada por las casas adosadas a la muralla.
En su interior hay una plaza de toros desde 1802 que ocupa casi todo el interior de la fortaleza, tal vez eso ha evitado su completa ruina como en otros castillos.
Existe una leyenda sobre la Puerta de la Reina, cuyo nombre es debido a la muerte de la alcaidesa musulmana de la ciudad, Saluquia, que se arrojó desde una torre cercana cuando se enteró de la muerte de Bráfama. Éste era alcaide de la vecina Moura y volvía a su pueblo después de ver su amada cuando fue sorprendido por un grupo de cristianos que le quitaron la vida. Caro le costó el idilio.
Salimos por la otra puerta camino de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.
La iglesia gótica data de finales del siglo XIV y tiene una clara inspiración mudéjar, en ella intervino Diego de Riaño. Se termina en el siglo XVI por Hernán Ruiz II en estilo renacentista. Impresiona su interior, que posee un valioso órgano que se está resturando.
Después de visitar la iglesia nos vamos al Museo del Santo Rosario pasando por delante de algunas antiguas casas nobiliarias, como la del Conde del Álamo (en ruinas), la casa del Marqués de los Arcos, la del Conde del Palancar (actual casino), la de los Tinocos…
El Museo del Santo Rosario, único en el mundo, fue fundado por D. Paulino Díaz Alcaide, sochantre y organista de la parroquia durante 60 años. Contiene más de 2.000 rosarios de diferente procedencia: reyes, papas, políticos, toreros, clubes de fútbol, particulares…
El rosario es un objeto de cincuenta cuentas separadas de diez en diez y unidas en sus extremos por una cruz, y a veces puede llevar objetos de decoración. El rosario se utiliza desde 1208, cuando Santo Domingo lo introduce y difunde.
Terminada esta visita nos despedimos de la guía y cogemos los coches para desplazarnos a la cercana ermita de San Mamés donde otra guía tomará el relevo. En realidad la ermita se llama de San Pedro de la Zarza (siglo XIII) de estilo gótico-mudéjar, pero debido a la romería de San Mamés se la conoce por este nombre.
A raíz del arreglo de la cubierta aparecen debajo de la cal con que había sido pintada la ermita interesantísimas pinturas medievales con representaciones de la Cena, Santiago, San Cristóbal, la Anunciación…, todo ello es explicado por la guía del monumento. San Mamés es santo de tradición norteña traído por los repobladores medievales y tiene mucha devoción en el pueblo, como lo demuestra su romería.
Después salimos al exterior para ver lo que se ha excavado de las ruinas de la importante ciudad hispano-romana de Turóbriga (llegó a acuñar su propia moneda), de la que sólo ha salido a la luz un diez por ciento.
En realidad la ermita está construida sobre las propias ruinas, de la que se surtió de materiales para su construcción. Destacan el foro (completamente excavado), las termas, algunas casas y el campo de Marte.
Recorrido el lugar fuimos al otro extremo de la ermita, el ábside, para ver una preciosa ventana, luego dimos por terminada la visita a Aroche y partimos para la frontera portuguesa (donde ganamos una hora) para comer en el Restaurante “Boa Vista”, en Villaverde Ficalho, donde teníamos hecha reserva.
A todo esto hay que decir que Aroche está en terrenos del Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, y que esta primavera está siendo preciosa debido a la abundancia de agua.
En el restaurante portugués pudimos catar el bacalao de las diferentes maneras que nuestros vecinos se han especializado en cocinar y que tantos seguidores tiene.
BEJA.- Después de la parsimoniosa comida, ya sabemos con la calma que tratan los portugueses estos menesteres (a lo mejor por eso están tan ricos los platos) salimos hacia Beja donde la mayoría del grupo teníamos reservado alojamiento en el Residencial Bejense. Allí tomamos posesión de nuestras habitaciones por una noche y salimos a patear la ciudad, capital del Bajo Alentejo.
Beja es una ciudad de origen romano fundada por César (Pax Julia) pero se notan los 400 años de vida morisca en su arquitectura y en los callejones del centro histórico. Lo que más sobresale, y nunca mejor dicho, es la Torre de Menagen del castillo (siglo XIV), el símbolo de la ciudad. Es una torre de mármol y está considerada como la más alta de Portugal. Llegamos poco antes de su cierre, aunque pudimos subir a las murallas para ver la ciudad desde allí.
Desde arriba se tiene una buena vista de La Sé (catedral), construida en el siglo XVI sobre una antigua iglesia por orden el arzobispo Teotonio de Bragança, al fondo se veía la torre de la iglesia de Santa María da Feira.
Por el Largo do Lidador nos llegamos hacia esta iglesia gótica del siglo XIII para verla mejor, pero estaban diciendo misa, así que después de un vistazo desde la puerta (su interior fue reconstruido en el siglo XVI) volvimos hacia la catedral.
Entramos en la catedral, que ya había abierto, y pudimos ver su interior con tres naves en estilo manierista donde destaca el retablo dorado de la capilla mayor. No es muy grande, hay que tener en cuenta que Beja tiene unos 35.000 habitantes y desde los romanos su actividad ha sido eminentemente agrícola (pan, vino y aceite).
Cerca del castillo hay un arco romano construido entre los siglos III y IV, y la iglesia de Santo Amaro, visigoda del siglo V, aunque reconstruida en los siglos XVI y XVII. Hoy en día es la sede de un museo. Me llamó la atención el nombre de una calle y una iglesia, Nossa Senhora dos Prazeres, cuando hay tantas que se llaman de los Dolores, de las Angustias, de las Penas, de las Lágrimas, etc. Al parecer, estaba cerrada, es toda una joyita del Barroco que ha sido restaurada.
Volvimos a la Plaza de la República, donde está la fomosa picota (el Pelourinho), allí nos tomamos una tónica en un bar porque todavía duraban los efectos del opíparo almuerzo. En un extremo de la plaza está el pórtico renacentista de la antigua iglesia de la Misericordia, único ejemplo de arquitectura civil reancentista en Portugal.
De vuelta al hotel pasamos por el convento de Nossa Senhora da Conceiçao, hoy Museo Regional Reina Dª Leonor. El edificio es del siglo XV, en estilo tardo-gótico. Es famoso por la publicación de las polémicas “Cartas de una monja portuguesa” atribuidas a una monja de este convento enamorada de un oficial francés en el siglo XVII. Tiene la mejor colección de arte visigótico de Portugal que no pudimos ver, ya estaba cerrado.
Al visitar el castillo alguien nos dijo que a las nueve de la noche habría actuación de grupos de fados en el Concurso de Açordas de Portel, a 40 km de Beja, y allí que nos plantamos unos cuantos. La açorda alentajana es un plato de origen muy humilde que se hace con pan duro, huevo escalfado, cilantro y ajo. Se le puede añadir sardina o bacalao. En las que concursaban en Portel se la añadía de todo: carne, morcilla, etc.
Después de un rato por allí escuchando los melancólicos fados (son un poco parecidos al arte de nuestras folclóricas pero en triste) emprendimos el regreso al hotel que el día ya estaba más que bien aprovechado.
ÉVORA.- Desayunamos a las siete y media (hora portuguesa) y emprendimos el camino hacia Évora. En la misma ciudad giramos en una rotonda hacia Montemor o Novo, queríamos ver el crómlech dos Almendres, en la localidad de Guadalupe. Primero vimos el menhir solitario a unos dos kilómetros del crómlech y que está alineado con él, ya que marca la dirección de la salida del Sol en el solsticio de verano.
Seguimos por la pista y llegamos al crómlech dos Almendres hasta casi chocarnos con él, impresiona nada más verlo con sus casi cien menhires formando círculos. Algunos de ellos me dan cierto repelús, me recuerdan al huevo de la película “Alien” a punto de eclosionar.
Este monumento megalítico tiene sobre 95 menhires alineados, algunos grabados con círculos y báculos, y ha sido constatado científicamente su utilización como observatorio astronómico prehistórico, para determinar las salidas del Sol y la Luna en las diferentes estaciones del año, especialmente en los equinocios de primavera y otoño y en los solsticios de verano e invierno. Fue construido pos los hombres del Neolítico hace 7.000 años.
Nos hicimos fotos allí, algunas con algo de humor para contrarrestrar el asombro que nos causa estar en un lugar tan antiguo, y volvemos a Évora desandando los 12 km que nos separan.
Évora está declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO que ha sabido reconocer la cantidad de monumentos bien conservados que la ciudad atesora desde la época romana. Ebora Cerealis, ese es el nombre que le pusieron los romanos al fundarla en un cruce de caminos. Ciudad minera y agrícola que alcanzó su esplendor en la Edad Media, llegando a alcanzar los 80.000 habitantes casi el doble que ahora.
Lo primero que hicimos fue dirigirnos a la iglesia de San Francisco, la que nos pilló más cerca del aparcamiento.
Este impresionante templo gótico-manuelino, fue remodelado en el siglo XV, sustituyendo las tres naves que tenía antes por una sola de 24 m de altura. El rey Alfonso V de Portugal se instalaba en el convento franciscano cuando visitaba Évora, por eso enriqueció mucho la iglesia que adquirió el título de Capilla Real y el monasterio fue llamado “Convento de Oro”.
Con toda la riqueza que atesora a mí me pareció una iglesia tristona y húmeda, aunque lo más macabro y truculento se encuetra en la llamada Capilla de los Huesos. Construida sobre el antiguo dormitorio de los frailes en los siglos XVI y XVII con todas las paredes revestidas de restos de esqueletos y momias pretende hacer una reflexión sobre la brevedad de la vida, el lema que hay en la entrada tiene tela: “Nosotros los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”. Pero para mí es un ejemplo representativo de la iglesia más tétrica y negra, muy lejos del espíritu de aquella que levantó los templos góticos. Me pareció tan horripilante como la imagen de Cristo que hay en la iglesia (El Señor de los Pasos de la Casa de los Huesos), sólo el nombre ya da miedo.

Salimos de allí en busca de aire fresco…, metiéndonos por callejones pasamos por la Iglesia da Graça (siglo XVI), reancentista, y seguimos subiendo en busca de la Sé o catedral.
El caballero Geraldo Sempavor (sin miedo), en realidad Geraldo González, la conquistó a los musulmanes en 1165 convirtiéndose la ciudad en residencia real. Este curioso personaje ocupa la parte central del escudo de Évora como una mezcla de Cid Campeador y Santiago Matamoros, sólo que montado en un caballo negro. De carácter levantisco, después de un desafío, dejó el norte en busca de fortuna en el sur dirigiendo su propia partida de mercenarios desde su base en un antiguo castro en Valverde, cuyas ruinas son conocidas hoy como el Castillo de Geraldo.
Se ofreció como voluntario al rey Alfonso I de Portugal para la conquista de Évora y así congraciarse con él y que le perdonara sus fechorías. Conquistó otras ciudades del Alentejo: Serpa, Juromenha…, y, también en tierras extremeñas: Cáceres, Trujillo, Montánchez… Sufrió una derrota, junto con su rey, por las tropas de Fernando II de León (alíado con los almohades) cuando quiso conquistar Badajoz, ya que por el Tratado de Sahagún, Badajoz correspondería, en caso de conquista, al reino leonés. Su libertad le costó casi todas sus posesiones. Murió de manera novelesca en Marruecos, cuando espiaba para el rey portugués a pesar de que se había puesto al servicio de los almohades después de la paz entre éstos y Portugal. Fue descubierto y mandado asesinar cerca del desierto del Sahara. Algunos personajes no están hechos para morir tranquilamente en la cama ni para los tiempos de paz.
Después de la conquista cristiana de Évora, pronto surge en medio del callejero morisco la catedral románico-gótica de Santa María (siglos XII y XIII), construida sobre una antigua mezquita.
La fachada principal, en granito rosa, muestra la influencia de la Catedral de Lisboa, así como de algunas españolas: Salamanca y Zamora. Su interior tiene tres naves, siendo más alta la central.
El claustro es del siglo XIV, gótico, también construido en granito rosa. En las esquinas hay cuatro estatuas de mármol representando a los evangelistas.
La figura histórica más asociada a la catedral fue la del cardenal-rey Enrique I de Portugal. Fue arzobispo y cardenal de Évora, era hermano del rey Juan III de Portugal y heredó el trono al morir su sobrino-nieto, Sebastián I, en la batalla de Alcazarquivir (1578). A la muerte de éste se produce una crisis sucesoria que acabaría con la corona de Portugal en manos de Felipe II de España. La capital se establece en Lisboa y desde este momento Évora abandona su etapa de esplendor para quedar dormitando como una ciudad provinciana.
Desde el piso superior del claustro hay una bonita vista de la catedral, donde destaca el cimborrio construido sobre el crucero, y de los alrededores. Dejamos la catedral y nos vamos a ver el mal llamado Templo de Diana, otro de los monumentos emblemáticos de Évora del siglo I después de Cristo.
Rodeando la plaza hay varios monumentos y palacios, desde allí se veía el acueducto da Agua da Prata, primero romano y luego renacentista.
Bajamos por callejas llenas de pequeños comercios hacia la Plaza de Giraldo, centro neurálgico de la ciudad, rodeada de soportales donde restaurantes, bares y tiendas acogen a una gran cantidad de propios y turistas. En el centro de la plaza hay una fuente del siglo XVIII y en un extremo la iglesia de San Antón.
Y llegó la hora de comer, un grupito nos metimos en el restaurante Guiao pidiéndole al camarero que, por favor, no tardaran mucho en servir (habíamos quedado con los compañeros en salir a las dos y media para Monsaraz), pero ya sabemos queallí se toman su tiempo y la verdad es que la auténtica açorda alentajana estaba ríquisima.
El segundo plato se llamaba “bacalao que nunca llega”, una especialidad de la casa que tardó en llegar más de una hora, pero en un pis pas se fue para el estómago; también estaba ríquisimo. Acto seguido dejamos Évora dando un vistazo en coche a las murallas y al acueducto, y nos fuimos hacia la frontera española para visitar Monsaraz.
Nos hubiera gustado dedicarle un poco más de tiempo a Évora, quedaron muchas cosas por ver, será para otra ocasión si se presenta.
MONSARAZ.- Dicen que es el pueblo más bonito del Alentejo (Monte de las Jaras), el día desapacible, algo lluvioso y frío, no se prestaba mucho para apreciarlo, pero algo se pudo ver y admirar. Completamente amurallado, como vigilante de la frontera que era, llegó a contar con siete iglesias a pesar de su pequeñez.
Entramos por una puerta de la muralla y pronto llegamos a la Plaza Velha, donde está la iglesia matriz de Nuestra Señora de Lagoa (siglo XVI) y la picota del siglo XVIII. Otros edificios de la plaza son la iglesia y hospital de la Misericordia, la capilla de San José y los antiguos Paços do Concelho que guardan una pintura al fresco del siglo XV única en Portugal.
La calle Direita sirve de eje de comunicación entre el castillo del siglo XIV en una punta y la Porta da Vila en la otra del pueblo. Monsaraz ha sufrido mucho a lo largo de su historia, pero hoy sólo se ve invadida por los turistas que en son de paz dejan algo de su peculio a cambio de llevarse unas vistas y paisajes que parecen detenidos en el tiempo.
La ciudad fue primeramente conquistada a los musulmanes por nuestro viejo conocido Geraldo Sempavor, que aprovechaba las noches más oscuras de tormenta para asaltar las fortalezas por sorpresa (él en cabeza), luego fue reconquistada por los almohades después del desastre de la batalla de Badajoz. Sancho II la vuelve a tomar donándola a la Orden del Temple que tiene la plaza hasta su desaparición, pasando luego a la Orden de Cristo, heredera de la anterior en el reino de Portugal. En el siglo XV es la casa ducal de Bragança quien detenta la propiedad del castillo de Monsaraz.
Desde las murallas se tiene una hermosa vista de los paisajes cercanos sobre el Gudiana y el embalse de Alqueva, el mayor de Europa, construido para riego y producción de energía eléctrica, pero que parece que ha inundado muchos monumentos megalíticos (dólmenes y menhires) del amplio repertorio con que cuenta Monsaraz.
Y después de tomar un café emprendimos el regreso a España pasando la frontera por Villanueva del Fresno. Ahí queda Portugal hasta la próxima visita.








































